En el taller donde nace el fuego,
Donde el aliento forja a los dioses,
El acero crudo, sin barniz ni maquillaje,
Se alza orgulloso, sólido y raro.
Sin adorno, sin artificio,
Solo la marca franca del vicio
Llamas, manos, el tiempo que late
Sobre el metal con venas de adorno.
Mesas con ángulos bien templados,
Sillas de líneas afiladas,
Todo habla de una fuerza desnuda
Que ningún barniz ha silenciado jamás.
Hay en este frío aparente
El calor de un gesto ardiente,
El canto sordo de la muela enfurecida,
La belleza desnuda de una vieja costa.
Cada rayón es una memoria,
Un susurro, un fragmento de historia.
Este mobiliario, austero en la superficie,
Se esconde el alma de un mundo en su lugar.
Y bajo el óxido que a veces aparece,
Nace una vida, un vínculo antiguo:
Entre el hombre y el objeto forjado,
Un pacto crudo, sin palabras intercambiadas.












